lunes, 24 de enero de 2011
Poema de "Suponiendo la cicatriz como posibilidad de la herida". Rebeca Álvarez Casal del Rey
Las secuelas del incesto anidan en el subconsciente durante los meses de calor
El interruptor de la lámpara, compañía
de cama. Silencio.
Algo bulle a lo lejos en el fondo del sueño.
La superficie
del agua
parece una capa sólida
que pudiera levantarse con las manos. Trepanación.
Su oscuridad
podría esconder
algo.
Una existencia inmóvil
aguarda. Seres
prediluvianos y dentados.
Sólo saber
que están ahí, que existen,
hace despertar.
El sudor, el pánico, el grito. La luz.
Siempre la luz
y su eterno idilio con la mano.
Demasiados
documentales. El sexo,
supone conversación y tiempo,
cuando se practica en compañía.
¡Tantos rodeos!
Si exisitieran caminos más cortos...
Si realmente (como rezan los tópicos)
el hombre fuese el macho fecundador
que va directo al grano
y se repliega tras la cópula.
Y no insomnia a tu lado.
Si no tuviéramos cuerpo, si la estivación
del cocodrilo no supusiera una amenaza.
Si las manos
no fueran un atajo hacia la luz.
Si fuésemos sombras. Si sólo almas. Si Platón.
La pesadilla y el espejo (Rebeca Álvarez Casal del Rey "Suponiendo la cicatriz como posibilidad de la herida")
La pesadilla y el espejo
Enredado a las sábanas bulle y respira;
sueña que desciende
de la frágil genealogía de los sepultureros,
jardineros de la muerte,
de salud delicada y escasos cimientos.
Da un respingo,
casi despierta al soñar un tropiezo
en su avanzar por la duermevela.
El problema vino
de la luz (y del espejo).
Las serpientes del desasosiego,
escurriéndose por las sábanas,
lo convirtieron en el vaso
que se le rompió en la cocina a medianoche.
Le daba un poco de pudor mostrase así,
pues su condición de recipiente
no permitía el uso de cosméticos.
A pesar de las costuras,
siguió avanzando; o al menos lo intentó.
Enraizado a las baldosas se acaba el trayecto.
¡Inútiles cimientos!
Si al menos le aportasen
un poco de equilibrio...
Bajo sus pies, los añicos (hambrientos y dentados)
de sí mismo.
Se filtraba un poco de claridad
por las ranuras de la persiana,
pero al final la sombra llegó,
cargada de amnesia.
Y de quietud.
El problema vino
de la lámpara, los fragmentos
se reflejaron
en el fastidio de unos ojos.
Entonces el problema
vino de la escoba;
la escena quedó
idéntica a sí misma,
descansando en paz,
pero con una elipsis.
Vómito sobre la alfombra
–festín psicoanalítico–
clasificado por colores y tamaños.
El carcelero le preguntó
(con suma educación)
si sería tan amable de permitirle
extender sus intestinos por el suelo,
a ver si así encontraban el foco del problema.
Un momento antes
aún era todo remediable.
Se abrió la camisa, introdujo
los dedos en la piel hasta llegar al hígado,
y sobre sus palmas lo tendió –toma
y come.
A los pies
del lecho de muerte del verdugo
–como voy a morir, hijo,
tendrás que relevarme y ser
tu propio carnicero. Te ayudarán
estos clavos,
dejaremos que se oxiden a la intemperie
hasta que llegue el momento.
Y cuando llegue yo
me enterraré a mí mismo.
Ebullición de peces ahogándose entre la piel
y el pijama.
Despierto, de pronto,
por la terrorífica certeza de la lucidez del jardinero.
Su mano temía encontrar otra mano
en la búsqueda del interruptor.
Al encenderse la bombilla, un poco de paz.
Algunos actos nos definen –pensó–
de modo irreversible.
Enredado a las sábanas bulle y respira;
sueña que desciende
de la frágil genealogía de los sepultureros,
jardineros de la muerte,
de salud delicada y escasos cimientos.
Da un respingo,
casi despierta al soñar un tropiezo
en su avanzar por la duermevela.
El problema vino
de la luz (y del espejo).
Las serpientes del desasosiego,
escurriéndose por las sábanas,
lo convirtieron en el vaso
que se le rompió en la cocina a medianoche.
Le daba un poco de pudor mostrase así,
pues su condición de recipiente
no permitía el uso de cosméticos.
A pesar de las costuras,
siguió avanzando; o al menos lo intentó.
Enraizado a las baldosas se acaba el trayecto.
¡Inútiles cimientos!
Si al menos le aportasen
un poco de equilibrio...
Bajo sus pies, los añicos (hambrientos y dentados)
de sí mismo.
Se filtraba un poco de claridad
por las ranuras de la persiana,
pero al final la sombra llegó,
cargada de amnesia.
Y de quietud.
El problema vino
de la lámpara, los fragmentos
se reflejaron
en el fastidio de unos ojos.
Entonces el problema
vino de la escoba;
la escena quedó
idéntica a sí misma,
descansando en paz,
pero con una elipsis.
Vómito sobre la alfombra
–festín psicoanalítico–
clasificado por colores y tamaños.
El carcelero le preguntó
(con suma educación)
si sería tan amable de permitirle
extender sus intestinos por el suelo,
a ver si así encontraban el foco del problema.
Un momento antes
aún era todo remediable.
Se abrió la camisa, introdujo
los dedos en la piel hasta llegar al hígado,
y sobre sus palmas lo tendió –toma
y come.
A los pies
del lecho de muerte del verdugo
–como voy a morir, hijo,
tendrás que relevarme y ser
tu propio carnicero. Te ayudarán
estos clavos,
dejaremos que se oxiden a la intemperie
hasta que llegue el momento.
Y cuando llegue yo
me enterraré a mí mismo.
Ebullición de peces ahogándose entre la piel
y el pijama.
Despierto, de pronto,
por la terrorífica certeza de la lucidez del jardinero.
Su mano temía encontrar otra mano
en la búsqueda del interruptor.
Al encenderse la bombilla, un poco de paz.
Algunos actos nos definen –pensó–
de modo irreversible.
domingo, 23 de enero de 2011
"El silencio es caníbal" (Tirsa Caja, "Los más queridos nombres")
El silencio es caníbal,
devora el interior sin compartirse.
Afuera todo en orden.
Fragmento del prólogo de "Los más queridos nombres", de Tirsa Caja. Por Eva Chinchilla
"La voz de Tirsa Caja no es de las que tienen la intención de conducirte por un sentido único, tampoco por las vías del doble sentido, antes es una voz de las que abren posibilidades: Ella tenía en su voz los registros necesarios,/ Los sentidos abiertos en todas las palabras. Al escucharla cualquiera puede comprobar cómo de manera extraordinaria su timidez actúa de megafonía: de una voz si no rota, sí polifónica de cortes y pausas, si no dodecafónica, sí con algo tan irresistible como resistente en ella: además de los registros de una voz, los modos de herirla o desaparecerla, algo que sabe hacer con maestría en tantos poemas de Los más queridos nombres. (...)
Y la experiencia de su poesía, indudablemente también canto: mejor que nadie, como tantas otras verdades, lo sabe decir el poeta Manolo Romero, gran duende de este libro: “es esta una voz hacia dentro, una voz de fado”. Y si añadimos la analogía caja-jaula es porque en poesía, como en otras artes, el uso de lo real se pone al servicio también de la transformación de lo real. La poesía de Tirsa atraviesa y derrumba fragmentos de lo real, y si te aferras únicamente a lo que quedó en pie, estarás renunciando a la posibilidad de una transformación: convertirás el principio de un derrumbamiento que permite la salida, el viaje interior, la mutación -al modo de esas cajas en cuyo interior sucede la magia, sobre todo la de juntar lo seccionado previamente- en una jaula. Si te atreves, lo que se mantiene de tu realidad podrá equipararse ahora con aquello otro a lo que te asoma. Si te asustas, permanecerás convertidx en aquello que te impide salir y que además es aquello a lo que te aferras: quedas expuesto, pero no libre; con todo, aún entonces Caja ofrece la magia generosa de mostrarte la jaula o la isla en la que tanto de ti aún vive."
EVA CHINCHILLA
sábado, 22 de enero de 2011
Fotos de la presentación de "Breve testimonio de una mirada" y "La mujer anochecía", de Ana Vega y Ada Menéndez respectivamente. Por María Jesús Flórez Rodríguez
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